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viernes, 27 de mayo de 2011

Producción textil en la Real Audiencia de Quito

Introducción

Estamos en pleno siglo XXI y nuestro país se encuentra en una disyuntiva interesante. De pronto, el petróleo se convirtió en el oro negro y en la única fuente de ingresos de muchas naciones del mundo. Pero, ¿Desde cuándo vivmos de él? Desde 1972, es decir que hemos estado viviendo de él por menos de 40 años. Y...¿a quién se lo vendemos? Pues en su mayor parte a los Estados Unidos. Pero actualmente estamos atravesando impases diplomáticos con el país del norte y el mundo ha desatado una gran polémica sobre el "atrevimiento" nuestro de enfrentarnos con los amos del norte. Pero....¿debe el Ecuador seguir viviendo sólo del petróleo? ¿Es Estados Unidos el único país con el que podemos comerciar? Lo que muchos ecuatorianos de hoy en día desconocen, es que hace más de cuatrocientos años, los colonizadores españoles descubrieron en las manos de hábiles indígenas nuestros, una mina de oro que sustentó nuestra economía por casi doscientos años seguidos: los textiles.
El siguiente es un breve esbozo de lo que fue la producción textil en los territorios de lo que hoy es Ecuador desde el siglo XVI hasta el siglo XVIII.

La conformación del estado colonial

En 1534, los españoles consolidaron su presencia en los territorios del actual Ecuador, a través del arduo proceso de conquista liderado por Sebastián de Benalcázar. A raíz del establecimiento definitivo de los ibéricos en Quito, la Corona inició una nueva organización del espacio y de los recursos. La conquista y posterior colonización de América fue para España y Portugal, el mayor acontecimiento de su historia moderna, por cuanto les permitió expandir sus fronteras territoriales, así como también  ampliar su horizonte comercial.

El período histórico comprendido entre 1534 a 1563 se caracterizó por ser una etapa de conformación del nuevo orden, fundación de ciudades, repartición de tierras entre los conquistadores, llegada de las primeras órdenes religiosas e intentos de evangelización de los indígenas. Es durante estos años cuando la Corona española establece la encomienda, como primera institución oficial de control, según la cual un español tenía el derecho de poseer una tierra con el fin de ponerla a trabajar con la mano de obra local y así garantizar el pago de tributos a la Metrópoli. Paralelamente éste debía asegurar la protección y adoctrinamiento de los indígenas. 

Supuso una manera de recompensar a aquellos que se habían distinguido por sus servicios y de asegurar el establecimiento de una población española en las tierras recién descubiertas y conquistadas[1]

Esta institución, con el tiempo se convirtió en un medio de explotación para las poblaciones originarias de todo el continente, hasta que en 1512 se promulgaron las Leyes de Burgos, tendientes a salvaguardar la integridad de los naturales. Pero debido a las constantes críticas del sacerdote Bartolomé de las Casas, la Corona promulgó en 1542 las Leyes Nuevas, las mismas que suponían la abolición de la esclavitud y de la servidumbre personal de los indios, así como un duro golpe a la encomienda.

Durante este tiempo, Quito dependía política y administrativamente del Virreinato del Perú, pero debido a las largas distancias entre las ciudades importantes como Quito y Lima, el rey Felipe II, creó la Real Audiencia de Quito, en 1563, hecho que permitió a estos territorios a ser focos dinamizadores de economía. 

Desde fines del siglo XVI se abre un nuevo período de la dominación colonial en la Audiencia de Quito. La estrategia española orientada a hacer de América un centro proveedor de metales preciosos, generó una especialización regional dentro del imperio colonial[2].

El cuerno de la abundancia

Durante el siglo XVII, la vida en las ciudades coloniales pudo desarrollarse sin el apremio y la incertidumbre de la ciudad violenta del siglo XVI. Existía cierta calma y una fluidez del sistema colonial[3]

El intercambio comercial regional determinó la formación de un importante mercado a su interior. A través de éste, se comerciaban una serie de productos básicos que autoabastecieron al Virreinato. Así, pues, en este espacio productivamente autosuficiente la importación de productos europeos fue poco importante.

A nivel ideológico, la Contrarreforma de la Iglesia Católica se instaló fuertemente en la audiencia, con nuevas formas de atraer a la población de forma masiva. La sociedad se fue desarrollando en medio de las contradicciones producidas entre los “blancos” e indígenas.  

Durante el siglo XVII, las ciudades fueron tomando una fisonomía física, cultural y social propia, y vivieron tiempos de consolidación y esplendor tanto económico como artístico[4]. En los campos y en los centros urbanos, la situación de los indígenas era muy dura, debido al maltrato y la explotación. No obstante, los españoles lograron contener alzamientos populares hasta el siglo XVIII. 

Hacia la década de 1560, la Real Audiencia de Quito empezó a perfilarse como una región estratégica dentro del sistema comercial hispanoamericano como productora de tejidos prevenientes de los obrajes instalados por los españoles, principalmente en la Sierra centro-norte (actuales provincias de Chimborazo, Tungurahua, Cotopaxi, Pichincha e Imbabura). En estas tierras, los indígenas eran conocidos desde tiempos inmemoriales por su habilidad textil, la misma que fue aprovechada por los ibéricos. 

Por la misma época, se descubrieron las minas de oro de Zaruma, consideradas por muchos cronistas como las tierras más ricas hasta llegar a Potosí. La Corona autorizó su explotación, cuyo auge se desarrolló entre 1585 a 1628. La minería se convirtió en el primer motor dinamizador de la economía colonial hasta que fueron descubiertas las minas de plata del cerro rico de Potosí en Bolivia y poco a poco se agotaron las vetas zarumeñas. 

“La riqueza de la Audiencia, a falta de minas, se concentró en la producción de textiles”[5]. Esta producción tenía como principales mercados a las ciudades de Lima y Potosí. Hacia el año 1600, Quito se había consolidado como el mayor taller textil de Sudamérica. La dificultad de traer tejidos de España, la abundante mano de obra indígena barata y con gran dominio de las más variadas técnicas y la necesidad de tener gente trabajando con el fin de recaudar los tributos para el rey, fueron factores decisivos para el auge obrajero. Muy a menudo, los obrajes se convirtieron en lugares de explotación con condiciones de trabajo inhumanas.

Fernando Silva Santiesteban afirma que en el Virreinato del Perú los obrajes a fines del siglo XVII llegaron a sumar 300. En Huamanga y el Cuzco su producción anual bordea las 60.000 varas de bayetas, pañetes y jergas[6]. Mientras que solamente el obraje de Otavalo con 500 operarios en el período comprendido entre 1660 a 1672 produjo una media anual de 20.000 varas de paños finos. 

La necesidad de ovejas para obtener materia prima fomentó una economía ganadera en los valles interandinos y causó profundos cambios ecológicos, alimenticios, de vestimenta y de transporte. Transformó el ordenamiento agrario aborigen, dedicado al cultivo intensivo y no al pastoreo. Se terminó con la lógica de complementariedad de pisos ecológicos y se introdujeron técnicas que impactaron los delicados suelos andinos[7].

Tipos de obrajes

Aunque existen varios estudios realizados en torno a la producción textilera preindustrial de Quito en la colonia, la mayoría de investigadores sostienen que los principales tipos de obrajes eran los de comunidad y los de particulares. Sin embargo también se lograron identificar otros denominados chorrillos, obrajuelos y los que pertenecieron a la Corona. 

Obrajes de comunidad: Entre 1560 a 1570 surgieron los primeros obrajes denominados de comunidad, debido a que fueron instalados en las plazas de los pueblos de indios. Esto garantizaba tener mano de obra y una mejor recaudación de los impuestos. Tales obrajes estaban administrados por el corregidor del pueblo, quien debía garantizar el adecuado cobro de los tributos con el fin de obtener su salario y los pesos para pagar al Rey. En Sigchos, Latacunga, Riobamba, Alausí y Ambato se establecieron algunos. 

Obrajes particulares: La prohibición de utilizar mano de obra indígena, en vigencia desde 1704, ocasionó el cierre de muchos obrajes de comunidad, para dar paso a la consolidación de los obrajes particulares. Ya para entonces había surgido el régimen de haciendas, que permitió un florecimiento de la textilería en obrajes privados, permitidos a los hacendados[8]

Chorrillos: Eran establecimientos domésticos y a domicilio, que funcionaban en los alrededores y aun en la propia ciudad de Quito, con unos 30.000 operarios indígenas[9]

Obrajuelos: Constituyeron unidades productivas de carácter doméstico, que generalmente se instalaron en las afueras de las ciudades, aunque también los hubo en los patios de las casonas familiares. Estas unidades menores trabajaron con mano de obra especializada, es decir, con indígenas que habían aprendido el oficio previamente y conocían cada una de las fases productivas del tejido de los paños.

De la Corona: EI obraje de Peguche habría sido el segundo en importancia de la región norte. A fines del siglo XVI ya existía el obraje mayor de Otavalo y en 1662 Pedro Ponce Castillejo funda el de San Joseph de Buenavista de Peguche. Los Obrajes localizados en Otavalo pertenecían a la corona: el Mayor de Otavalo disponía de 500 trabajadores, por 10 que era una de las mayores fábricas del periodo colonial, mientras que la de Peguche contaba entre 200 y 300 indios; la producción de los obrajes, entre 1666 y 1672, tenia un promedio anual unas 200.000 varas de paño azul[10].

Rutas comerciales
La aristocracia criolla y la Iglesia eran las principales promotoras de la actividad textil. Los obrajes producían tejidos tan diversos como paños blancos, azules y negros, mantas, bayetas, alpargatas, sombreros y productos de fibra de cabuya. 

Hacia el norte, los comerciantes llevaban la mercadería por la vía de Pasto, Popayán, hasta Bogotá. La otra ruta, quizá la más importante era la que iba a Guayaquil por el antiguo camino de Guaranda. Los tortuosos caminos que no podían usarse la mitad del año debido a las lluvias, dificultaron la salida de los productos quiteños al puerto principal y desde ahí a regiones tan distantes como Panamá y España. 

A pesar de los permanentes intentos por buscar otros puertos de salida, a través de Bahía de Caráquez y Esmeraldas, los intereses de los ciudadanos del puerto así como los de la Corona, preocupada por controlar el contrabando, impidieron que esos proyectos prosperaran[11].

Desde Guayaquil, los tejidos eran trasladados en barco al puerto de El Callao en Lima, y desde ahí al interior de los Andes peruanos hasta llegar a Potosí. También se extendió el comercio con el norte de Argentina y Chile. Otra ruta iba desde Quito al sur por la vía de Cuenca hasta llegar al norte del Perú. 

Mientras Loja se debatía en medio de una crisis producto de la debacle de las minas locales, los andes centro-norte vivían un auge. Por su parte, Guayaquil se iba consolidando como el principal astillero del Pacífico americano. 

La crisis del 1700

El siglo XVIII comenzó con la noticia de que después de intensas disputas, los Borbón se hicieron con el poder monárquico en España. Los nuevos reyes pretendieron superar las formas anteriores de administración colonial, en un intento por competir con sus eternos rivales tales como Inglaterra y Francia. Mientras Europa se encontraba en el inicio de un auge industrial sin precedentes, la Metrópoli se había estancado. Entonces se introdujo las denominadas “reformas borbónicas” con una serie de limitaciones para las colonias americanas, especialmente para el sector textil de la Audiencia de Quito. 

Después de varias décadas de sobreexplotación, la población indígena estaba diezmada por la propagación de pestes y las malas condiciones de vida que llevaban. A esto se sumaron terremotos y una contracción de la economía. Los metales preciosos de las minas altoperuanas comenzaron a escasear, lo cual produjo una aguda crisis que afectó al comercio quiteño, principalmente al de los textiles, ya que se perdió una buena parte del mercado cautivo. Por otro lado, el libre comercio impulsado por la Corona facilitó el ingreso de tejidos de España. Todo esto trajo una acelerada desmonetización de la economía y la consecuente depresión[12].  

Como resultado de este proceso, la ganadería se fue desarrollando en la región centro-norte de los Andes y con ella se consolidó el latifundio como fuente de poder económico de las élites criollas. Los pocos obrajes que sobrevivieron a la crisis se insertaron dentro del sistema de hacienda y algunos mantuvieron importante producción para el consumo interno, manejados por dueños particulares. 

Es importante resaltar entonces, la gran importancia que llegó a tener la producción textil en los territorios del actual Ecuador por más de cien años.


[1] "Encomienda americana." Microsoft® Student 2008 [DVD]. Microsoft Corporation, 2007.
[2] Ayala Mora, Enrique. “Resumen de la Nueva Historia del Ecuador”. Corporación Editora Nacional. Quito. Pág.: 42.
[3] “Hacia el apogeo colonial”. Artículo publicado en Kalipedia. ec.kalipedia.com.
[4] IDEM.
[5][5] Clarence Haring. “Comercio y Navegación entre España y Las Indias”. México. Fondo de Cultura Económica. Pág.: 411. Tomado de Jácome, Nicanor. “Economía y sociedad en el siglo XVI”. Nueva historia del Ecuador. Vol. 3. C.E.N. Pág.: 159.
[6] Salas de Coloma, Miriam. “Estructura colonial del poder español en el Perú”. Tomo II. Universidad Católica del Perú.
[7] Tomado de ec.kalipedia.com.
[8] Salvador Lara, Jorge. “Historia de Quito, luz de América”. FONSAL. Editorial TRAMA. Quito. Pág.: 108.
[9] IDEM. Pág.: 108.
[10] Varios, Autores. “Acerca de Quito y Peguche”. FLACSO. Quito. Pág.: 14.
[11] Tomado de ec.kalipedia.com.
[12] Ayala Mora, Enrique. Op. Cit. Pág.: 51.

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